Ingrid González

Creación literaria.

FESTIVAL DE POESÍA Y NARRATIVA OJO EN LA TINTA octubre 24, 2009

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POESIA

LEERÉ EL PRÓXIMO LUNES 26 DE OCTUBRE EN EL AUDITORIO DEL JARDÍN BOTÁNICO A LAS 5:45 PM.

 

Un punto negro octubre 7, 2009

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Un punto negro

Un punto negro

El siguiente relato conforma la primera parte de una serie de tres cuentos.


Un punto negro

Por: Ingrid P. González

A Edna. Por Opio.

Mierda. El tiro pegó justo en el Atlas. No muerto, no vivo. ¿Condenado? Sí, en definitiva. Orwell no fue hecho para servir, así que nadie le serviría, al menos, con gusto. Tendré que verlo en la silla de ruedas balanceando su cuerpo en los pocos centímetros de movilidad que le permite, dando órdenes altivas e inexactas, iracundo, imposibilitado, en fin, muerto.
Tres de la mañana. Frío. Y el recuerdo de una decena de cadáveres. Frío y muertos, grandioso día. ¿Mujer? ¿Sexo? No. ¿Ginebra? ¿Soledad? Por favor. Un vaso de Ginebra sin hielo, sí, deje la botella. Orwell, Orwell. Creo ver rasgos de su fisionomía en los pocos cuerpos sobrevivientes a una noche escandalosa de una ciudad más bien parca y apagada. El hombre se traza gracias a líneas y contornos de otros seres, y a mí evidente estado deplorable. Esta madrugada, el rostro de John Orwell parece un Pollock hecho con saliva, frío, vodka, muerte, sudor y los recuerdos mareados de un joven detective.
––¿Un cigarrillo? ––pronuncia una voz inesperada a mi izquierda, una mujer joven–– Creo que te he visto antes, pero no sé dónde. Quizá recuerdes dónde nos hemos visto.
––Se equivoca. No la conozco ––sin embargo, acepto el cigarrillo. Expulso cuatro bocanadas y decido largarme.
––¡Oye! ¿Te vas tan pronto? ––la chica cruza las piernas en el taburete.
––¿Tiene idea de qué hora es?
––Las cuatro en punto. Hasta ahora comienza el día…
––Lo siento.
––¡Espera! ––me hala de la chaqueta––: Solo quiero saber si buscas compañía.
––No gracias.
––No soy una prostituta, si es lo que piensa.
Sé que no es una puta, al menos, de oficio. Sus ademanes me lo dicen; además de un Lacoste en su cartera.
––Está bien. ¿Dónde vives? ––le pregunto mientras salimos de El Cafetín.
––A dos cuadras. Entonces…sí vienes.
––Hasta ahora comienza el día.
La mujer prende el equipo. Hendrix arde en sus hormonas. Foxy lady, you’re a little sweet lover maker. Canta, mueve su cuerpo a centímetros del mío que aún permanece congelado cerca a la puerta. Se retira un momento y vuelve con una bolsa ziplock llena de polvo blanco. Cocaína. Drogas, sexo y rock and roll. Es demasiado, y no tengo el tiempo. Adiós nena.

Un nuevo cuerpo. Tres días atrás una bala le atravesó el Occipital. Su olor a sangre y cabello, a violencia y soledad descubre el dato. Viernes. Retorna el viernes. Y arrastra consigo unos ojos ahora cristalizados, un par de piernas, y un aliento a foxy lady. Mierda. Es Johana Orwell…La tuve, pero la dejé ir. ¡Condenado infeliz!
¿Remordimiento? El remordimiento decrece. No soporto verla más. Así que abro espacio a un par de conjeturas. Primera. Se confirma la hipótesis de “homicidios en línea familiar”, de lo contrario la chica no estaría muerta. Segunda. El asesino no falló el disparo a John, todo lo contrario, con la muerte de su hija sé que busca matarlo en vida. Tercero. Se trata de venganza. Sí. Venganza. Sé que no es móvil exótico. Muchos homicidas danzan con ella, se acuestan con ella. Y luego, le agradecen el impulso que les ha dado para matar. Y lo hacen. Matan.
Debo pensar en John. El hombre aparece como algo más que un recuerdo. Cuadros en serie de impresiones mías. Su dinero, por ejemplo. Nació con él, creció con él, y se reproduce con él. Colombo-americano, tiene el físico de su segunda patria y un corazón indígena e ibérico. Sus risitas de soslayo. Sus movimientos azarosos. Su capacidad charlatana. Cerdo. Síntomas de un cerdo traicionero. ¿Su único amigo? El Scotch. ¿Enemigos? No se podrían contar con los dedos de ambas manos. El zoquete debía cuentas. Y sucedió lo del tiro, y después aquella chica también pagó sus saldos.

Orwell me espera exactamente donde lo conocí. En un edificio, piso séptimo, ala occidental, 705, biblioteca, escritorio, silla, en la silla detrás del escritorio aparece. Pero en esta oportunidad me da lástima y horror. Se zarandea cuando me ve. El rostro, me lee con él. No hablo.
––Qué quiere ––prorrumpe como un rayo.
––No parece de luto ––guardo silencio, cinco segundos––. Usted sabe por qué estoy acá.
El hombre no tiene silla eléctrica, en cambio, cuenta con una mujer para que lo mueva. Encuentra placer en ser servido.
Observo a la mujer y le pido que se retire. John no lo permite:
––Lo que me tenga que decir puede hacerlo ahora.
––Bien. Vi el cuerpo de Johana, ¿sabe a qué se dedicaba su hija? Y no solo el cuerpo, también estuve en su apartamento… ¡Diablos! La chica sabía cómo divertirse…
––Jodase ––susurra.
––Noticia Orwell: Ya estoy jodido. Just like you.
––Roberto, ¿recuerda aquel viernes? ––ríe de soslayo––, ¿sabe a quién llamó Johana después de su partida, maldito cobarde? ––guarda silencio, pero sin ninguna reacción de mi parte, continua––. Imagínese como sonaría. El detective inexperto que se cree un solitario, sospechoso. Usted será como un punto negro, como un molesto punto negro en un cielo de verano: indeseable.

Cuatro pasos horizontales por cuatro verticales. Un colchón contra la pared del fondo se apoya en una base de concreto. El sitio es blanco, iluminado; estropeado por una camarita que hace guiños desde una esquina. Quizá quieren que reaccione, pero quizá no quiera reaccionar. “Al noctambulo le vendrá bien la luz”, sugirió un ruido poco después del interrogatorio. Bastardo.
Silencio. Aquí el silencio no se traga el humo del cigarrillo. Aquí el silencio tiene un dedo índice que me apunta directo a la frente. No me da la espalda porque yo no puedo dársela a ella. Sí. El silencio es una mujer. Y le gustan las canciones de Jimi Hendrix.

 

¿Preguntas? septiembre 22, 2009

Filed under: ¿Preguntas? — ingridgonzalez @ 4:06 am

CORDALES

No hay preguntas con respuestas sencillas. Menos las preguntas de una niña, y mucho menos si la niña resulta ser tu sobrina de seis años. Es más, si la niña te admira al punto de consultarte sus pequeñitas decisiones…Imagínate la responsabilidad que cae sobre ti en ese momento; acomodar esos términos de abuelito que tienes en la cabeza para que dos ojos impacientes y creyentes comprendan tu respuesta. Imagínate…
Hace cuatro noches tuve el infortunio de pasar por algo que llaman cirugía maxilofacial, o en menos tecnicismos, amputación de las cuatro cordales (no escribo muelas o dientes porque no tengo idea de qué son, aunque sospecho que son muelas). Bien. La cirugía no fue tan trágica como osaron decirme un poco más de tres amigos, aunque no niego que mi pulso se alteró como hace mucho no lo hacía (quizá desde mi última pesadilla) y un mareo que me volteó el mundo durante cinco minutos.
Pero no quiero hablar de las consecuencias del desagradable evento, quiero hablar de un pecado que cometí antes y durante dicha circunstancia, y que gracias a aquella pregunta de mi sobrina descubrí: ¿por qué diablos no me pregunté el para qué de dicha cirugía? ¿Acaso era “normal” para mí la intervención? ¿Ya no me formulo preguntas? ¿He caído en el mal ordinario de atropellar los hechos?
En este punto quiero hacer una aclaración sobre la pregunta principal. Claro que yo sabía por qué me iban a sacar las muelas (reitero, si es que son muelas), pero no es mi, digamos, estilo conformarme con explicaciones planas. Y así fue precisamente mi pensamiento: como un tapete. Hasta que ella preguntó: ¿y para qué te sacaron las muelas? Silencio, una mano tocándose la quijada y un rostro entre aturdido, y maltratado fue mi respuesta. No me juzguen, ¿qué le iba a decir?, mira muñeca resulta que desde mediados de la segunda mitad del siglo pasado hasta nuestros días la estética (¿qué es estética, tía? Hm…) ha tomado una fuerza, que, ha venido siendo desgarradora gracias a la superposición de los poderosos medios de comunicación, (¿qué son medios de comunicación, tía? La tv, la radio, etc) al transmitir ciertos patrones que configuran lo que ayer y hoy, y es probable que en el futuro también, llamamos bello; y no es bello abrir la boca y darle a la gente una perspectiva de choque múltiple (¿qué es perspectiva y múltiple? Es como las cosas aparecen a la vista. Algo así como varias cosas juntas) entre dientes y muelas. Y para que eso no pase se inventaron los brackets, ¿ves esto en mis dientes? Entonces, (si es que la niña todavía me presta atención y no se ha largado o distraído) como no hay brackets especiales para las muelas que me sacaron, que son las últimas (abro un poco la boca e intento señalarlas) tienen que hacer eso, sacarlas. ¿Comprendes, mi vida?
¿Y ustedes me comprenden?

 

INGRID P GONZALEZ septiembre 16, 2009

Filed under: 1 — ingridgonzalez @ 3:44 am

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